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Nueva fundación intenta ayudar a los adictos a las apuestas
¿Qué es ludopatía? Es un padecimiento mental crónico,
progresivo y recurrente, incluído por la Organización Mundial de
la Salud, desde 1994, en la clasificación internacional de
enfermedades como un trastorno de los impulsos.
“Así me sentí durante décadas, como un enfermo mental que no
tenía control de sus actos”, dice Edgar V., un conocedor de los
altos círculos y los bajos fondos de apuestas que decidió
organizar Orientamos, un grupo de ‘ludópatas anónimos’, para
ayudar a otros que, como le sucedió a él mismo durante más de
una década, no pueden escapar al poder absorbente de los
casinos.
“El juego patológico es un trastorno que puede definirse como un
fracaso crónico y progresivo en resistir los impulsos de
apostar, los cuales dominan la vida del enfermo en perjuicio de
los valores y obligaciones sociales, laborales y familiares”,
explica Edgar V. en un escrito con el que promueve su propuesta.
A la Fundación Orientamos llegan personas que han arriesgado o
perdido sus empleos, acumulado deudas o abandonado a sus
familias. “También aparecen enfermos con síntomas suicidas o
crímenes”, comenta Ruben A., otro de los asistentes a las
sesiones. Para participar es necesario reconocer que se padece
ludopatía, tener intenciones de sanarse y conservar el anonimato
del grupo.
La Fundación Colombiana Juego Patológico es otra de las
organizaciones que ofrece terapias para sanar la adicción al
juego. Aunque también es una institución sin ánimo de lucro, el
tratamiento ambulatorio de dos meses cuesta 1,500.000 pesos. Los
ludópatas tienen asesoría psquiátrica, psicológica y legal.
Esta organización, que ha curado a centenares de adictos al
juego, funciona hace 4 años y es reconocida en medio del fervor
de los casinos y las apuestas.
‘Necesito ayuda’
La escena de ver llorar a Miguel V. mientras les pide ayuda a
los otros ‘ludópatas anónimos’ que asisten a una de las
reuniones del grupo, es estremecedora. El adicto, a pesar de ser
funcional y haber mantenido su empleo, tiene historias para
contar y querer huir de los casinos que le arrebataron una
familia, dos casas y varios carros.
Su historia estremece a los otros adictos. “Este es un mal
viejo. En ‘El Jugador’ de Fedor Dostoievsky ya está la angustia
de los que nos enfermamos por las apuestas”, dice Edgar V. antes
de dar inicio a su sueño: una noche más en la que varios
apostadores anónimos se reúnen a intercambiar experiencias para
alejarse de su mal.
‘En mis apuestas perdí más de lo que tenía’
Me llamo Alfonso C. y estoy en el grupo de Orientamos desde las
primeras sesiones.
Hace un par de meses conocí a otros adictos al juego que querían
alejarse de su enfermedad.
Para ser sincero, no sé si pueda lograr mi objetivo. Apenas
llevo un par de semanas sin apostar y ya siento que en cualquier
momento voy a volver a caer. Lo he intentado todo. He ido donde
psiquiatras, doctores, brujos y hasta al Club el Cóndor, en el
centro de Bogotá. Allá se hace apuestas bajas, de 500 pesos. Yo
me iba con 20.000 y me quedaba hasta tres días seguidos jugando
póquer, pero por perder menos plata uno no está curado del mal.
Yo seguía durmiendo mal, tenía sudores fríos y ansiedad de
seguir en el juego.
Esta es mi última apuesta. Ya perdí más de lo que tenía.
Recomendaciones para los jugadores y sus familiares>
El que tiene que perdonarse es uno mismo.
Las mentiras del jugador son una consecuencia del juego y forman
parte del problema que hay que resolver.
Una vez que el jugador ha contraído deudas tiene que
remediarlas, pero resolver el problema económico no es resolver
el problema del juego.
La familia es una ayuda para solucionar los problemas, pero el
responsable es el jugador.
El apostador es la única persona capaz de arreglar, con fuerza
de voluntad, su problema.
El jugador es un enfermo y, por lo tanto, debe ser tratado con
cariño y respeto por su círculo íntimo.
Sin embargo, no se deben aprobar ni permitir las acciones
negativas en las que incurre a causa de su adicción.
El apostador tendrá que asumir que la tensión en la familia
permanecerá durante mucho tiempo.
Dicha situación tensionante forma parte del problema del juego y
no desaparecerá aunque este algún tiempo sin apostar.
Ser jugador no significa ser mal padre, mal hijo o mal esposo.
Ser apostador significa tener un grave problema que necesita
tratamiento.
La relación entre el padre y sus hijos es un tema importante con
independencia del juego.
La ludopatía, como cualquier otra adicción, es una enfermedad
que requiere un proceso de acompañamiento familiar lento para su
recuperación total.
Volver a apostar no significa que todo está perdido. Es apenas
un motivo más para continuar.
HÉCTOR CAÑÓN HURTADO
Redactor de EL TIEMPO
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