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Sammy Davis Jr. es Mr. Entertainment
Hasta el apogeo de Michael Jackson no se había vuelto a
ver encima de un escenario algo parecido a Sammy Davis Jr., un
vendaval que irrumpía como una marioneta sin control, creando la
impresión inquietante de que era capaz de hacer todo mejor que
nadie, excepto contener su ímpetu o restringir la entrega a una
rutina sobrehumana de canto, baile, música y comedia.
Su silueta en actitud danzante terminó convertida en símbolo
de la época de oro del espectáculo unipersonal, pero, además de
la compulsión a exhibir su virtuosismo en clubes y casinos a lo
largo de una carrera que duró casi lo mismo que su vida -sesenta
y cuatro años; el jueves se cumplen ochenta del nacimiento-,
Davis hizo muchas películas, algunas de ellas dramáticas,
algunos musicales en Broadway -”Mr. Wonderful”, “Golden boy”,
“Paren el mundo que quiero bajar”- y firmó autobiografías con
títulos ideales para libros de autoayuda: “Sí, puedo” y “¿Por
qué yo?”.
También publicó más de cincuenta álbumes, algunos enrarecidos
por las imitaciones, monólogos, tap dancing y solos de batería
habituales en sus shows y otros por repertorios country o soul
poco apropiados a su personalidad, pero hubo muchas producciones
excelentes, con grandes temas y buenos acompañamientos, que no
sirvieron para que se lo reconociera como solista en el mismo
nivel de Nat Cole, Ray Charles o sus compañeros de patota Frank
Sinatra y Dean Martin.
Lo impidió la misma versatilidad que le dio fama; esa
cualidad de “dinámico actor-bailarín-cantante-humorista” que
servía para identificarlo con diversión y despliegue físico lo
descalificaba para baladas, aunque fuera capaz de interpretarlas
a la perfección y lo demostrara en discos de un intimismo
desacostumbrado en su momento, acompañado sólo por un
guitarrista -Mundell Lowe o Laurindo Almeida- y expresándose con
sencillez y discreción extremas.
Tampoco ayudaron a que se lo tomara en serio como cantante su
fisonomía angular, la nariz deformada a golpes en el servicio
militar, el ojo izquierdo perdido en un accidente ni la
facilidad para la provocación que lo convirtió en un favorito de
la prensa escandalosa, a la que alimentó con alborotos impropios
de un negro en los años cincuenta, como fueron convertirse a la
religión judía, un romance con Kim Novak que casi le cuesta la
vida y su casamiento con otra actriz, no tan conocida, pero más
blanca y rubia.
El dato de que Capitol, el sello más astuto en materia de
vocalistas, no supo qué hacer con Sammy Davis Jr. en 1949 y
debieron pasar cinco años hasta que otra grabadora -la misma que
estaba prosperando con el rock and roll de Bill Haley- lo
aceptara, confirma que se trataba de una anomalía entre las
nuevas figuras de mediados del siglo pasado: un artista
desafiantemente negro en su apariencia que no sonaba como tal y
prefería la técnica de los crooners de origen italiano, no venía
de la radio ni tenía antecedentes en bandas bailables y era un
negado para la blanda música popular del período.
Desconcertaba su actitud apabullante y la intención de hacer
escuchar las canciones poco menos que a la fuerza, recursos
aprendidos en muchos años de music hall -empezó zapateando a los
tres, junto a su padre y un tío adoptivo- que también se notaban
en los discos y les agregaban una intensidad excesiva.
* * *
Protegido a muerte por Sinatra, que -dicen- se aprovechó de
él hasta en la última gira, pero lo hizo miembro de la pandilla
de celebridades que dominaba el circuito del entretenimiento
adulto con grandes números musicales en los años de John
Kennedy, se convirtió en “Mr. Entertainment”, el representante
supremo de un tipo de espectáculo que solamente superdotados
eran capaces de protagonizar.
Abundan las filmaciones de Sammy Davis Jr. en acción, pero su
enceguecedora personalidad escénica no deja oír la música, un
rubro en el que también era genial y se disfruta mejor en
discos, en especial los que grabó de madrugada en el Sands,
acompañado por Sam Butera o la orquesta de Buddy Rich, y
explican por qué la mañana de su muerte, en mayo de 1990, las
luces de Las Vegas se apagaron por un rato en homenaje al hombre
que no podía dormir y mejor que nadie representó el espíritu de
esa ciudad.
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